Dos puntadas y un hilito

Había que ponerle una vacuna al perro. Qué mejor que a media tarde, cuando ya bajó el Sol y los pisos no le lastiman sus patas. Correa en mano, emprendimos el camino.
"Iska, ¡junto!", decía mientras daba pasos. Todo bien, obediencia que se gana una galleta.
En la veterinaria, la inmunización no estaba disponible, así que de regreso a casa.
El paso firme, la correa también.
A media cuadra de mi casa, un grupo de muchachos invadía la banqueta. Pensé que lo mejor era caminar por debajo, casi correr, porque iríamos por la calle. Aflojé la correa.
"Iska, ¡vamos!", dije al dar dos pasos al frente, como corriendo.
De pronto, la perra entre mis piernas, la correa también.
En cámara lenta di traspiés, todo mi cuerpo quedó tendido en el adoquín de la calle. Eso sí, ni la cartilla ni la correa dejaron mis manos. Es más, ni las puse para amortiguar el golpe.
Mis "kilitos" quedaron sobre mi costado izquierdo. Fracciones de segundo antes de que intentara levantarme y juntar los cachitos de orgullo que me quedaban. Ése duele más.
"Señora, no se mueva, le está saliendo sangre", dijeron los mismos chavos a los que les había sacado la vuelta. Mi ceja izquierda estaba rasgada. El líquido rojo ya había goteado mi pantalón y balerinas.
"Él es doctor, vive aquí, ¿quiere que la atienda? ¿En dónde vive?", preguntaron los samaritanos mientras me pasaban el zapato rojo y una servilleta para que no siguiera goteando aquello.
Me levantaron, tomaron la correa de Izka y nos metieron a una casa muy adornada por la época.
Efraín, el médico, sacó la sutura. Gracias a Dios la tenía; su papá, unos días antes, se rebanó un dedo. Él lo curó. Sus certificados de la UdeG daban fe, desde la pared, de que sabía lo que hacía.
"No son falsos, ¿eh? ¿Cómo se llama?", me dijo.
"Rebeca", contesté.
Lidocaína, gel antibacterial, guantes desechables blancos, gasas, hilo para suturar; pinzas, tijeras, un enfermero improvisado en uno de sus amigos. Mi mamá, las costillas que dolían como si estuvieran rotas.
No sé cuánto tardó, sólo sé que fueron dos puntos. La herida no sanaría sin ellos. Revisó mis costillas: ninguna fractura. Me dolían, yo creo, esos cachitos de lo que llaman orgullo y que me hizo enderezarme en un dos por tres.
Antibióticos, desinflamantes, paracetamol. Coctel contra el dolor. La Izka sólo aullaba en su cochera. Mi madre la guió a la casa.
Hoy ya no me duele tanto el costado, pero lo tengo toditito raspado. Donde están los puntos sigue rojo; el ojo, medio morado. Si alguien me ve en la calle, seguro piensa que me golpearon, pero no. Los golpes solita los protagonizo.

Dos puntadas, un hilito, ¡qué mejor maquillaje para Navidad! Y la Izka… Ella sigue sin su vacuna.

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