Recuerdos
Tal vez no tienes idea de cómo es perder a alguien justo en el momento. Lloras, abrazas, ríes de los momentos que pasaron juntos. Recuerdas.
Y pasan los meses, uno o dos, y un día le viene a tu cabeza, como menos piensas.
Vas en tu coche. Un estándar que apenas sabes manejar, rumbo al otro lado de la Ciudad, con la esperanza de llegar con un solo encendido de motor hasta tu destino.
Aceleras sobre Federalismo; doblas en Juárez, continúas por Américas. No frenas. Después, Lázaro Cárdenas y los pasos a desnivel, siempre los ojos fijos al frente y, cada cinco segundos en los espejos.
Llegas sin que se apague una vez el coche. Sonríes y piensas en contarle a la persona más importante de tu vida.
"¡Papá! ¡Vine hasta Galerías y no se me apagó el coche!", dices en tu cabeza.
Bajas del auto, lo cierras con seguro y, de pronto, la realidad te pega en la cara.
Hace un mes, o dos o tres, que ya no está contigo, que se marchó a un lugar del que ya no se vuelve; se fue solo, porque quien muere lo hace así, generalmente. Sólo con su alma.
Y no evitas llorar en medio de un restaurante con decenas de extraños, porque en realidad, así tengas 50 años, sabes que su abrazo siempre hace falta; sus consejos siempre orientan; su presencia es una ausencia constante.
Y es domingo, así que sigues como si nada. También sabes que, desde el Cielo, sus ojos observan todo el camino y hasta cuidan que no choques.
¡Cuánto hace falta contarte las nuevas, aunque en todas estés, pa'!
Y pasan los meses, uno o dos, y un día le viene a tu cabeza, como menos piensas.
Vas en tu coche. Un estándar que apenas sabes manejar, rumbo al otro lado de la Ciudad, con la esperanza de llegar con un solo encendido de motor hasta tu destino.
Aceleras sobre Federalismo; doblas en Juárez, continúas por Américas. No frenas. Después, Lázaro Cárdenas y los pasos a desnivel, siempre los ojos fijos al frente y, cada cinco segundos en los espejos.
Llegas sin que se apague una vez el coche. Sonríes y piensas en contarle a la persona más importante de tu vida.
"¡Papá! ¡Vine hasta Galerías y no se me apagó el coche!", dices en tu cabeza.
Bajas del auto, lo cierras con seguro y, de pronto, la realidad te pega en la cara.
Hace un mes, o dos o tres, que ya no está contigo, que se marchó a un lugar del que ya no se vuelve; se fue solo, porque quien muere lo hace así, generalmente. Sólo con su alma.
Y no evitas llorar en medio de un restaurante con decenas de extraños, porque en realidad, así tengas 50 años, sabes que su abrazo siempre hace falta; sus consejos siempre orientan; su presencia es una ausencia constante.
Y es domingo, así que sigues como si nada. También sabes que, desde el Cielo, sus ojos observan todo el camino y hasta cuidan que no choques.
¡Cuánto hace falta contarte las nuevas, aunque en todas estés, pa'!
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