Expuestas, siempre
Yo no lo busqué, y sin embargo pasó. A media tarde; a media calle.
Cualquiera puede confirmar que mi modo de vestir es todo menos que provocativo.
Blusa de cuello alto, blanca; pantalones de vestir, en un tenue verde; zapatos en café y un suéter tejido en el mismo color. Cabello recogido con pasadores y poco maquillaje para disimular las ojeras.
Camino por la acera izquierda de una calle transitada, cerca del Hospital Ayala. El reloj apenas marca las 14:45 horas.
Un tipo en sus veintes, pantalones en tubo, una camiseta brillosa y chamarra estilo Laureano Brizuela, va hablando solo y camina sobre la misma acera por la que voy, aunque en sentido contrario.
Cojo mi bolsa fuerte; una se vuelve desconfiada con tanta noticia trágica a la que se hace referencia en la radio. La aprieto contra mi costado derecho y apresuro el paso.
El hombrecito, casi de mi estatura, se acerca y no puedo cambiarme de acera.
De pronto, pasa junto a mi, se inclina y queda a centímetros del busto. Truena un beso. El idiota que se cree listo se endereza, me mira y sonríe, cínicamente.
"Le pego", pienso en los segundos que pasan por ese incómodo momento.
"Y qué tal que saca una navaja", me reprendo.
El nefasto instante termina.
No es una cachetada, no es una palabra grosera, es la horrible sensación de sentirte vulnerable y expuesta, aunque vayas vestida de abuelita, aunque te cuides.
Apresuro el paso, indignada, con una sensación espantosa y llego a mi destino.
Yo no sé si esto es o no violencia; a mí me parece que sí. Y no se vale. No se debe. Ni hoy ni nunca.
Cualquiera puede confirmar que mi modo de vestir es todo menos que provocativo.
Blusa de cuello alto, blanca; pantalones de vestir, en un tenue verde; zapatos en café y un suéter tejido en el mismo color. Cabello recogido con pasadores y poco maquillaje para disimular las ojeras.
Camino por la acera izquierda de una calle transitada, cerca del Hospital Ayala. El reloj apenas marca las 14:45 horas.
Un tipo en sus veintes, pantalones en tubo, una camiseta brillosa y chamarra estilo Laureano Brizuela, va hablando solo y camina sobre la misma acera por la que voy, aunque en sentido contrario.
Cojo mi bolsa fuerte; una se vuelve desconfiada con tanta noticia trágica a la que se hace referencia en la radio. La aprieto contra mi costado derecho y apresuro el paso.
El hombrecito, casi de mi estatura, se acerca y no puedo cambiarme de acera.
De pronto, pasa junto a mi, se inclina y queda a centímetros del busto. Truena un beso. El idiota que se cree listo se endereza, me mira y sonríe, cínicamente.
"Le pego", pienso en los segundos que pasan por ese incómodo momento.
"Y qué tal que saca una navaja", me reprendo.
El nefasto instante termina.
No es una cachetada, no es una palabra grosera, es la horrible sensación de sentirte vulnerable y expuesta, aunque vayas vestida de abuelita, aunque te cuides.
Apresuro el paso, indignada, con una sensación espantosa y llego a mi destino.
Yo no sé si esto es o no violencia; a mí me parece que sí. Y no se vale. No se debe. Ni hoy ni nunca.
Comentarios