Miradas de autobús
No tiene figura espectacular. Es más bien gordita, pero su silueta no la salva de la mirada libidinosa de un hombre por encima de los 40.
La escena sucede en menos de tres minutos. La chica, en sus veintes, con el cabello de un castaño rojizo y luces rubias; la piel tostada y vestido de manga corta, escote pronunciado y largo hasta arriba de la rodilla, paga los seis pesos obligados al chofer.
Enseguida, da cuatro pasos cortos hasta el asiento doble, el único desocupado, y se voltea.
Frente al hombre cuarentón, de tez morena y camisa negra, quedan las pantorrillas tostadas de la chica, que no se entera de lo que sucede.
Como si fuera un corte de carne en exhibición él la mira de arriba a abajo. Escote, hombros, pantorrilla, todo en segundos, antes de que ella vuelva a voltear para recibir a su acompañante, otra mujer, rubia a fuerzas, en los cuarenta, que no merece las lascivas miradas del hombre delante de mí.
Van cinco minutos del relato que tecleo. El autobús se detiene varias veces, pero el hombre sigue volteando, despistadamente -o eso cree él- hacia el lado derecho del bús, para mirar de nuevo las pantorrillas.
Esas miradas que ofenden, aunque ella ni siquiera se de cuenta, el resto del autobús sí.
La escena sucede en menos de tres minutos. La chica, en sus veintes, con el cabello de un castaño rojizo y luces rubias; la piel tostada y vestido de manga corta, escote pronunciado y largo hasta arriba de la rodilla, paga los seis pesos obligados al chofer.
Enseguida, da cuatro pasos cortos hasta el asiento doble, el único desocupado, y se voltea.
Frente al hombre cuarentón, de tez morena y camisa negra, quedan las pantorrillas tostadas de la chica, que no se entera de lo que sucede.
Como si fuera un corte de carne en exhibición él la mira de arriba a abajo. Escote, hombros, pantorrilla, todo en segundos, antes de que ella vuelva a voltear para recibir a su acompañante, otra mujer, rubia a fuerzas, en los cuarenta, que no merece las lascivas miradas del hombre delante de mí.
Van cinco minutos del relato que tecleo. El autobús se detiene varias veces, pero el hombre sigue volteando, despistadamente -o eso cree él- hacia el lado derecho del bús, para mirar de nuevo las pantorrillas.
Esas miradas que ofenden, aunque ella ni siquiera se de cuenta, el resto del autobús sí.
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