La vida sin gafas
Quince minutos. Eso duró. El placer más grande que he tenido en la vida lo vi en menos de media hora. Y sólo por decir: sí, acepto.
Estoy sentada en una silla negra. Detrás de mí una calle por donde pasan cientos de autos; delante, Jessica y Verónica, tal vez igual de miopes que yo. No les pregunté su graduación, la verdad. Sólo sé que la primera es aprendiz de maquillista y la segunda está desesperada por ir a recoger a su hijo al colegio.
Ellas, tranquilas. Yo, aterrada. Nerviosa. Con movimientos involuntarios de manos, pies y ojos. Llevo una bata verde hospital, el cabello recogido en una gorra de tela porosa y los pies guardados en unos calzadores, también desechables, del mismo color azul que esta sala de espera. Y siento miedo.
Los ojos artificiales que me coloco cada mañana me acompañan desde que tenía 8 o 9 años. Iba en cuarto de primaria y no veía el pizarrón. Primero me dijeron que el defecto visual lo causó el uso de los lentes de Ceci, mi mejor amiga, a quien se los robaba con frecuencia para experimentar qué se sentía caminar con ellos. Después, me di cuenta que lo mío era un defecto de fábrica, incluido en el paquete.
Miopía. Ojo alargado. La falla más común en las personas que no ven bien. Se trata de una imperfección del ojo que hace que la luz no se refracte correctamente en la retina, sino delante de ella, lo que provoca una visión borrosa de los objetos lejanos.
Una dioptría, la unidad en la que se mide la potencia de refracción de un lente, en cuarto de primaria; 6.25, en valores negativos, a los 26.
En español: no podía distinguir, a más de 15 centímetros, si alguien hacía una mueca o estaba sonriéndome, a menos de que llevara mis anteojos. Ni podía decir que en la tabla optométrica de Snellen -el examen que los optometristas hacen para diagnosticar el nivel de “no visión”- la letra más grande era una “E”. ¿Me explico?
Yo sólo veía manchas.
Intenté los lentes de contacto. Error. La resequedad en los ojos, infecciones y la sensación de una basurita cuando soplaba el viento me hizo volver a los armazones.
Hace un año empecé a masticar la posibilidad de decirle adiós para siempre a las lentillas. Mis compañeros de trabajo lo habían hecho y se miraban felices.
Fui con un médico. Salí de la cita con la impresión de que pronto acabaría ciega. Así pasó un año. Hasta el viernes.
Sólo dije: “Sí, acepto”. Y ¡zaz! Gotas para adormecer el ojo y hacer otra vez las pruebas. Mire aquí. Siga la luz. Voltee hacia arriba... Ahora hacia abajo. Dígame qué letra ve... Perfecto. Es usted, otra vez, candidata. Espere unos minutos.
Vuelvo a la sala de espera. De pronto, la asistente del doctor Tena grita mi nombre. Entro. El piso brilla, las paredes son blancas y, frente a mí hay una cama gris con un hoyo para la cabeza.
Recuéstese, dice Tena. Mire el punto verde y no lo pierda de vista. Ahora no verá nada. No se preocupe, princesa. Todo está bien. ¡Succioooón!... Y todo es negro, como la conciencia.
Vas a sentir una brisa suave, es el láser. No dejes de ver el punto verde, me dice.
Olor a carne quemada. La cirugía corrige la deformidad del ojo, lo “achica”, por decirlo de alguna forma. El médico levanta la córnea, dispara el láser, éste corrige la forma de la retina, y luego vuelve a colocarla en su lugar, además de un lente de contacto. Todo mientras sigo viendo sus manos, la brochita con la que aplica la lentilla y la luz verde, esa que debo seguir hasta el final del procedimiento.
Lo mismo sucede con el ojo izquierdo. Sólo que en esta ocasión la succión no funciona correctamente. Lo hacen dos veces y Tena sólo me dice “Tranquila, mi reina. Todo está bien”. Otra vez, todo negro.
De pronto, los dos ojos abiertos y la visión borrosa. ¡Listo! ¿Puedes regresar mañana a las 11? Sí, por supuesto.
Ahora estoy en una habitación de hotel, en el Centro de una Ciudad que no es la mía, con las cortinas corridas y una oscuridad que cualquier vampiro envidiaría, si existieran. Me duele la cabeza. Gotitas cada tres horas; las humectantes cada 15 minutos... Y me quedo dormida.
Pero la sensación de mayor placer es al día siguiente. Con gafas, ahora de sol, puedo ver la “E” gigantezca y tres líneas más abajo. Y los letreros del camión. Y la leyenda en mínimas letras de una caseta telefónica en Guadalajara. Y las arrugas de mis manos cuando me baño. Y las flores amarillas de los árboles primaverales de una avenida local.
Dicen los expertos que tal vez regrese a las gafas a los 45, porque se canse la visión. Pero este es un mundo nuevo. Uno donde no arden los ojos por la resequedad de los lentes de contacto. Donde la visión borrosa se difumina con cada día que pasa. Uno con más ojeras que el viernes, o las mismas, nada más que sin disimular con maquillaje, porque no puedo usarlo.
Y los ojos cafés. Y la sonrisa en el rostro. Este, seguro, es el mayor placer de mi vida. La vista.
Comentarios
(también recuerdo el olor a tejido achicharrado cuando el láser hizo su trabajo)
Un abrazo, ahora nada más te falta que impongas tu estilo en el periódico, jejeje.