Historia de un olvido

No sé su nombre. Sólo sé que conducía un Chevy azul de modelo reciente y que su acompañante llevaba un gorro invernal con adornos verdes.

"Sé que esto son datos y todo eso. Toma", dijo, tras bajar la ventanilla del lado del copiloto y extender su brazo para acercar el aparato.

Sobre su mano, el pequeño rectángulo negro, lleno de botones. Un productor de adicciones, dirán algunos; un organizador en tiempo real... Para mí, la memoria extendida. Su nombre es Cleo y es mi BlackBerry. Ayer la perdí y la volví a recuperar. El Alzheimer está haciendo estragos conmigo.

¿Cómo llegó a las manos del desconocido? No lo sé.

Sólo diré que, después de un día de trabajo en el que finalmente logramos salir a una hora decente, decidimos ir por una dosis de cafeína y, sí, un pastelillo de chocolate.

Cuatro reporteras con temas diversos sobre la mesa. Y el sonido de un celular, el pequeño grilletito que voluntariamente tiene alguien que quiere vivir contando historias.

"¡Vaya! Me marqué. ¡Qué burris!", pensé para mí.

Regresé la llamada al otro número, a la memoria portátil. Nada. Ni una vibración en la bolsa de mano, el bolsillo del pantalón negro de vestir o la chamarra. Silencio seguido de tres 'beeps'...

"¿Hola?", una voz masculina en el auricular.

"¡Hola! Oye, creo que ese es mi teléfono", dije, con la voz temblando.

"Lo encontré en el estacionamiento del banco", respondió.

"¿Todavía estás aquí? Es que vine, vine... vine a tomar un café con unas amigas. Pero ¡no te lo lleves, porfi'!", contesté, al tiempo que levanté mi trasero del sillón naranja sin decir ni agua va y salí corriendo.

"¡Claro que no! Estoy afuera, en el estacionamiento, en un Chevy azul"
, pronunció antes de colgar.
Supongo que tenía cara de angustia. Alguien, desconocido, en un carro, desconocido, iba a darme -sí, cómo no- a la Cleo de vuelta.

Mientras corrí como 10 pasos, pensé en el enorme número de posibilidades que puede haber en un coche de extraños en estas tierras, donde de los autos salen armas, secuestradores, etcétera. ¿Paranóica? Sí, un poco.

También pasaron por mi mente las últimas dos veces que he perdido un celular. La primera, sin darme cuenta, cayó de mi bolsa del pantalón en un camión; la segunda, por ponerlo en vibrador antes de llegar a una parroquia, se quedó en un taxi.

Esa vez, estuve esperando al conductor afuera de un OxXo, a las 2:00 horas de un lunes, para que lo regresara. Nunca llegó. Ambos tuve que pagarlos.

¿Se imaginan ahora la angustia?

Llegué al estacionamiento al mismo tiempo que el Chevy azul, tripulado por dos chicos, que recuerdo bien parecidos y jóvenes.

"Sé que esto son datos y todo eso. Toma", dijo el conductor.

"¡Gracias! ¡Gracias! Neta, mil gracias"
, pronuncié con una inhabitual emoción en la garganta y la Cleo entre las manos. Después, salí corriendo.

No sé quiénes fueron los héroes anónimos que devolvieron mi pequeño olvido a su lugar habitual, dentro de la bolsa. Tampoco dí una recompensa, pero estarán en mis oraciones.

Todavía hay gente buena en la Ciudad. Y doy gracias por ello. De verdad, mil gracias.

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