Recuerdos
La Catedral de Notre Dame no es tan luminosa como en la película de Disney. Es más, es menos espaciosa y la parte de arriba está bordeada con malla ciclónica. O así la recuerdo.
"El Jorobado de Notre Dame" había alimentado mis ansias adolescentes de ilusión, amor, aventura y la idea de que el viaje sería la forma de encontrar a la media naranja, habiendo dado media vuelta al mundo.
Soñé con el Río Sena de aguas cristalinas, la luz entrando por el rosetón antiquísimo, del que tampoco conocía su significado -el juicio final-...
Me encontré navegando por un río con aguas turbias; vendedores ambulantes afuera de la Catedral con barajas que tenían mujeres desnudas como cubierta, y la poca luz entrando a una iglesia donde todo parecía apretujado. O quizá era mi tamaño.
Paseé por el Sena sola, aunque deseando que el chico entonces merecedor de mis afectos se fijara en las gafas redondas que escondían mis ojos, pidiéndole consejos a la luna, que tan benévola había sido con Cuasimodo, ese hombre hermoso encerrado en el más abominable de los cuerpos...
La tumba de Napoleón me pareció gigantezca, los jardines de Versailles tenían un verde perfecto, y sus salas un lujo excelso.
Pero las hamburguesas de McDonald's saben igual en un sótano francés que en la esquina de Colón y Juárez, lo mismo que las Magnum de vainilla francesa. En un viaje financiado por la venta de chocolates no hay mucho espacio para el gasto en comida decente. Además, estando allá, hasta eso se olvida... A veces.
Probé vino francés pese a la minoría de edad y azoté mi trasero en una banqueta. No estaba ebria; tan sólo pienso que era el inicio del hermoso pasito 'me caigo, no me caigo' tan sexy que conservo.
Había otros miles como yo, convocados por alguien que ya no está más. Revolucionando una Ciudad por una semana sólo para verlo, de lejos, unas horas, tirados sobre nuestras bolsas de dormir y con velas encendidas. Lo confieso: me dormí, mal hábito que retomo a veces.
Viajé en metro, pero no me subí a la Torre. Conseguí un llavero de la aguilita roja con azul del Mundial de 1998.
Y aquí estoy, una docena de años después, acordándome, para lograr que no me dé Alzheimer prematuro. ¿O será que mis momentos de lucidez son síntoma de un olvido más grande?
"El Jorobado de Notre Dame" había alimentado mis ansias adolescentes de ilusión, amor, aventura y la idea de que el viaje sería la forma de encontrar a la media naranja, habiendo dado media vuelta al mundo.
Soñé con el Río Sena de aguas cristalinas, la luz entrando por el rosetón antiquísimo, del que tampoco conocía su significado -el juicio final-...
Me encontré navegando por un río con aguas turbias; vendedores ambulantes afuera de la Catedral con barajas que tenían mujeres desnudas como cubierta, y la poca luz entrando a una iglesia donde todo parecía apretujado. O quizá era mi tamaño.
Paseé por el Sena sola, aunque deseando que el chico entonces merecedor de mis afectos se fijara en las gafas redondas que escondían mis ojos, pidiéndole consejos a la luna, que tan benévola había sido con Cuasimodo, ese hombre hermoso encerrado en el más abominable de los cuerpos...
La tumba de Napoleón me pareció gigantezca, los jardines de Versailles tenían un verde perfecto, y sus salas un lujo excelso.
Pero las hamburguesas de McDonald's saben igual en un sótano francés que en la esquina de Colón y Juárez, lo mismo que las Magnum de vainilla francesa. En un viaje financiado por la venta de chocolates no hay mucho espacio para el gasto en comida decente. Además, estando allá, hasta eso se olvida... A veces.
Probé vino francés pese a la minoría de edad y azoté mi trasero en una banqueta. No estaba ebria; tan sólo pienso que era el inicio del hermoso pasito 'me caigo, no me caigo' tan sexy que conservo.
Había otros miles como yo, convocados por alguien que ya no está más. Revolucionando una Ciudad por una semana sólo para verlo, de lejos, unas horas, tirados sobre nuestras bolsas de dormir y con velas encendidas. Lo confieso: me dormí, mal hábito que retomo a veces.
Viajé en metro, pero no me subí a la Torre. Conseguí un llavero de la aguilita roja con azul del Mundial de 1998.
Y aquí estoy, una docena de años después, acordándome, para lograr que no me dé Alzheimer prematuro. ¿O será que mis momentos de lucidez son síntoma de un olvido más grande?
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