La línea amarilla
La línea amarilla es hipnotizante. Se mueve a la derecha y a la izquierda de la pantalla y parece no querer quedarse quieta. Como yo.
A la derecha, un chico de camisa azul claro, perfectamente almidonada, que no se digna mirar más que a la pantalla del Ipad que lleva sobre las piernas. A la izquierda, un hombre de cabello entrecano que no deja de teclear cuentas en su ordenador. En medio yo, con el cabello despeinado, una pluma y la parte trasera del itinerario como lienzo para garabatear sobre él.
La línea amarilla vuelve a aparecer. Esta vez se desplaza más rápido hasta que se convierte en un conjunto de barras blancas que indican el pronto despegue. Cierro los ojos. El jaloneo del avión al dejar el piso siempre me pone nerviosa.
Nunca había visto un avión con cámaras al frente para conocer el terreno desde donde despega. ¿Hace cuánto que no me subía a uno?
Después, las luces de la Ciudad donde vivo, del aeropuerto al que llegué con una amiga y del que partí sólo con una revista y mi bolso.
Abajo, el bullicio; arriba, en ese avión, el silencio que reina entre quienes son iguales y se ignoran. Abajo, la vida; arriba, la idea de no volver jamás.
El chico de al lado, que muero porque pronuncie una palabra, decide cerrar los ojos durante todo el vuelo. Ni las aeromozas ni el servicio de cortesía de la aerolínea lo animan a despertar.
El hombre de cabello entrecano, en cambio, vuelve a poner su ordenador en la mesa de servicio y teclea con rapidez admirable. Pienso que debería pasarme un tip.
Refresco de manzana y unas frituras. En la vacación, las calorías no cuentan.
Mientras escribo esto sobre mis hojas de papel, llegamos a la Ciudad de los narcobloqueos, las inundaciones que dejaron incomunicados pueblos y familias, el sitio que me vio nacer.
Millares de luces, separados por grandes franjas negras. Los cerros, esos que hacen a este lugar tener un clima pegajoso de playa, aunque el único flujo regular de agua sea artificial.
De pronto, la linea amarilla de nuevo. Los cinturones abrochados, turbulencia y la voz de un niño que me recuerda que sí, soy de aquí.
"Achís, ¿qué pasó mamá?", dice.
"Nada, mi vida, no pasó nada. Ya llegamos", le responden.
El hombre mayor cierra su computadora; el joven se pone en pie.
Y yo sonrío. Y me prometo disfrutar cada segundo aquí. Como disfruté ver esa línea que me recuerda que siempre es momento de empezar otra vez.
A la derecha, un chico de camisa azul claro, perfectamente almidonada, que no se digna mirar más que a la pantalla del Ipad que lleva sobre las piernas. A la izquierda, un hombre de cabello entrecano que no deja de teclear cuentas en su ordenador. En medio yo, con el cabello despeinado, una pluma y la parte trasera del itinerario como lienzo para garabatear sobre él.
La línea amarilla vuelve a aparecer. Esta vez se desplaza más rápido hasta que se convierte en un conjunto de barras blancas que indican el pronto despegue. Cierro los ojos. El jaloneo del avión al dejar el piso siempre me pone nerviosa.
Nunca había visto un avión con cámaras al frente para conocer el terreno desde donde despega. ¿Hace cuánto que no me subía a uno?
Después, las luces de la Ciudad donde vivo, del aeropuerto al que llegué con una amiga y del que partí sólo con una revista y mi bolso.
Abajo, el bullicio; arriba, en ese avión, el silencio que reina entre quienes son iguales y se ignoran. Abajo, la vida; arriba, la idea de no volver jamás.
El chico de al lado, que muero porque pronuncie una palabra, decide cerrar los ojos durante todo el vuelo. Ni las aeromozas ni el servicio de cortesía de la aerolínea lo animan a despertar.
El hombre de cabello entrecano, en cambio, vuelve a poner su ordenador en la mesa de servicio y teclea con rapidez admirable. Pienso que debería pasarme un tip.
Refresco de manzana y unas frituras. En la vacación, las calorías no cuentan.
Mientras escribo esto sobre mis hojas de papel, llegamos a la Ciudad de los narcobloqueos, las inundaciones que dejaron incomunicados pueblos y familias, el sitio que me vio nacer.
Millares de luces, separados por grandes franjas negras. Los cerros, esos que hacen a este lugar tener un clima pegajoso de playa, aunque el único flujo regular de agua sea artificial.
De pronto, la linea amarilla de nuevo. Los cinturones abrochados, turbulencia y la voz de un niño que me recuerda que sí, soy de aquí.
"Achís, ¿qué pasó mamá?", dice.
"Nada, mi vida, no pasó nada. Ya llegamos", le responden.
El hombre mayor cierra su computadora; el joven se pone en pie.
Y yo sonrío. Y me prometo disfrutar cada segundo aquí. Como disfruté ver esa línea que me recuerda que siempre es momento de empezar otra vez.
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