No puede ser mejor

Todavía sientes el vaivén en la cabeza. El viaje no puede ser mejor.

Todo parecía esfumarse como la niebla el viernes a las 7 de la mañana, momento en el que los planes de algunos cambiaron y la compañía esperada para el viaje era capturada por esos eventos que sólo suceden en las ciudades.

El día de trabajo es sencillo. De regreso a casa en un taxi, con la única intención de rellenar una pequeña maleta con tres cosas esenciales: traje de baño, huaraches y una toalla. Lo demás, mero capricho.

A las seis de la tarde abandonas la metrópoli. Un autobús, mochilas, un reproductor de música y emociones encontradas pueden ser buenos compañeros de viaje cuando no conoces a ningún pasajero.

Las once y llegas al pueblo (luego de un poco de aventura). La casa a la orilla de mar. La brisa marina pegándote en la cara y tu sonrisa como en automático. La compañía, inmejorable: buenos amigos, viejos amores, un perro, arañas y uno que otro mosquito juguetón.

La comida, deliciosa. Noche tranquila y mañana impresionante. Contenta. El mar pinta traicionero y las nubes grises cubren el horizonte. Ruegas a los ángeles del cielo que intercedan por un hermoso día en la playa... Y al parecer te escuchan: las nubes retroceden; el sol, como un tímido amante, sale temeroso para impregnarse en tu piel. Nadas. Sientes. Respiras. Preguntas y respondes interrogantes existenciales.

La cena y, después de limpiar el hogar, una fogata. Bombones, música, plática y de nuevo la compañía no tiene comparación. Juegas con la arena entre tus dedos... Quizás hay algo más ahí. De pronto, una pequeña tortuga, ésas de la Corriente Australiana Occidental... Hermosa, frágil y pequeña. Se acerca al mar. Quizás en 40 años regrese de nuevo. Esperas estar ahí para saludarla... Duermes poco pero descansas.

El domingo, Él escucha tus plegarias. El cielo es azul y el mar, cristalino. Te sumerges, te revuelcas, te tuestas. Adquieres un color de esos que sólo pueden obtenerse con un sincero sentido de la diversión y no te preocupas de nada. Platicas, juegas, recoges piedras, conchas... La arena entre tus dedos...

De pronto, no sabes cómo llegaste ahí. Cruzaste la línea delgada que divide la realidad de la vida con la ilusión de las vacaciones. Respiras profundo. Prometes que regresarás. No puede ser mejor.

Comentarios

Atrox Juan dijo…
ash, hasta haces ver como si la playa fuera divertida
rebecaheva dijo…
¿Qué no lo es? La arena es mustia y pegajosa, pero estoy segura que son de esos viajes que simplemente no se olvidan. =)
Anónimo dijo…
QUIEROOOOOO......YO QUIEROOO ESTAR AHÍ....Apenas empecé a leer tu blog, me tomará tiempo irme poniendo al tanto, pero prometo comentar, yo no tengo un blog, y no se si sería capaz de hacer uno y mantenerlo, pero cuenta con una nueva lectora asidua al tuyo...TE QUIERO MUCHO REBE!...
Atrox Juan dijo…
pues como dice mi psicologo: cada quien su patologia
Anónimo dijo…
Hey que onda!!!

Yo ya quiero una nuevo historia mi Rebe!!!

La verdad que esta super chida la manera en que escribes, podrias escribir de algo que ni entiendo, sin embargo con tus palabras todo se hace ameno.

Estaremos a la espera.

Cuidate mucho, saludos!!!

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