Escapada...

Nos fuimos. A las 7 de la noche, hacinados en una camioneta, ya estábamos a mitad del camino. Destino: Santa María del Oro, una laguna en Nayarit, rodeada por montañas y con un clima simplemente maravilloso.

Nos faltaba señal para el celular; algunos se pelearon con los elementos para armar la casa de campaña; otros, simplemente fueron blanco de los mosquitos que hacían rondas nocturnas para morir con el estómago repleto. Yo no lo acababa de creer: estábamos allí, todos, contentos.

La cena, seguida de un juego de culito en el área común. Los sapos deambulaban en busca de deliciosas luciérnagas que llenaran el espacio vacío en su panza, un perro que buscaba dónde resguardarse de la incipiente lluvia que empezó a caer.

Al día siguiente, a nadar a la laguna. Entre el leve vaivén de las olas, las pláticas con los amigos y un azul hermoso, no teníamos nada más que pedir. El sol pintó de rojo nuestras caras. Simplemente genial.

Alrededor de la 1, salimos disparados para otro punto en el itinerario: Puerto Vallarta, que nos recibió con un montón de tráfico y unas nubes amenazantes de tormenta. Sin importarnos en lo más mínimo, nos estacionamos frente a la playa y nos paramos allí, para sentir la brisa del mar.

Por la noche, un hotel en la "zona roja" de la ciudad, lo más económico es lo mejor si te lanzas a la aventura. Una cena deliciosa y después, un paseo por el malecón.

Allí conocimos de todo: esculturas, robots vivientes, extranjeros en estado inconveniente... La música de bares y antros nos acompañó en la caminata. Fotos, muchas. Risas, demasiadas. Conversaciones, más de las que yo hubiera querido. Agotados, regresamos a la buhardilla.

El domingo, temprano a la alberca y luego a la playa. El mar, cortés y amable. La arena, pegajosa y mustia como siempre. Fotos, de nuevo un montón. Por la tarde, luego de desalojar el hotel, Nuevo Vallarta nos recibió con brazos abiertos. Las olas movían al mismo compás el flujo sanguíneo de quienes nos zambullíamos en ellas.

Para terminar, una larga caminata solitaria a orillas del mar... Me encantaría poder compartir esto con alguien más... Quizás algún día, hoy disfruto estar así.

El camino de regreso me pareció corto, pero conforme más nos acercábamos a esta ciudad, más gritaba mi otro yo: ¡Por favor, regresa!, tremendamente asustado por el estrés que la metrópoli derrama sobre sus habitantes día a día.

Hoy no hay costa cercana, pero las imágenes en el ordenador ayudan a mitigar mis ansias novilleras y me impulsan a pensar que, quizás sí, pronto vuelva.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Por qué?

Un domingo de madrugada (sonaba mejor en mi cabeza)

Letras juntas